21 julio, 2026

21 julio, 2026

La Línea conmemora su 156º aniversario con un emotivo Pleno Institucional volcado en el desarrollo social y el futuro del municipio

Destacamos

El periodista Rubén García Perea ofrece un brillante discurso centrado en el empleo, la vivienda y los retos del nuevo tratado, culminando los actos oficiales con el tradicional izado de la bandera en la glorieta Carlos III

La corporación municipal de La Línea de la Concepción ha celebrado este domingo, 20 de julio, la sesión extraordinaria de pleno en conmemoración del CLVI aniversario de la fundación de la ciudad. La sesión, presidida por el alcalde, Juan Franco, ha contado con el periodista linense Rubén García Perea como encargado de pronunciar el discurso institucional. Tras el pleno, se ha procedido al tradicional izado de la bandera de la ciudad en la glorieta Carlos III.
García Perea, director de contenidos del Grupo Área Comunicación y de la Cadena COPE en el Campo de Gibraltar, empleó un tono marcadamente reivindicativo, realista y optimista. Prefirió centrarse en el presente y en el porvenir del municipio, subrayando en todo momento el espíritu de superación y la dignidad histórica de la ciudadanía linense.
Parte del discurso ha girado en torno a la reciente caída de la verja y la negociación del Tratado internacional. El periodista ha demandado de forma explícita que este hecho se traduzca en una “prosperidad compartida” real, con inversiones tangibles en empleo, vivienda, infraestructuras y seguridad para el municipio. Asimismo, ha ensalzado el tejido social local como el verdadero motor de resistencia frente a las adversidades históricas. “Un tratado empieza cuando se firma. La prosperidad empieza cuando se nota. Y el éxito de la obra dependerá de cómo se represente y de si quienes llevan décadas sobre el escenario pueden, por fin, vivir dignamente de ella.”
Aludiendo a la realidad de la emigración juvenil, García Perea se mostró visiblemente emocionado al recordar vivencias de su propia generación: “Nos fuimos a Málaga, a Sevilla, a Madrid, a Londres o allí donde hubiera una oportunidad. Aprendimos a explicar La Línea antes incluso de explicar quiénes éramos nosotros y nos acostumbramos a responder preguntas, desmontar bromas y defender en conversaciones de cinco minutos una ciudad que otros llevaban años juzgando desde lejos.”
Finalmente, el texto ha concluido con una llamada a la justicia social y al orgullo de pertenencia, instando a las administraciones a dotar a la ciudad de herramientas de desarrollo y no meramente de reconocimientos a su capacidad de resistencia. “La Línea no pide caridad, pide igualdad; no pide compasión, pide inversión; no pide privilegios, pide justicia”, ha sentenciado.
Tras la finalización del discurso, calificado por el alcalde de “brillante”, el primer edil ha concluido la sesión no sin antes escuchar los sones del pasodoble ‘Española y gaditana’.
A continuación, se ha izado la bandera de La Línea. La corporación e invitados,junto a la reina juvenil, Paula Sánchez Martínez, y su corte de honor se han dirigido hasta la glorieta Carlos III con el acompañamiento de la Banda Municipal de Música. La izada de bandera ha estado a cargo de la coordinadora de la AGE en el Campo de Gibraltar, Esperanza Pérez; el subdelegado de la Junta de Andalucía en la comarca, Javier Ros; la portavoz municipal del PP, Susana González; de La Línea 100×100, Manuel Abellán y el concejal del PSOE, Bilial Berouain.

…….

Texto íntegro del discurso

Discurso institucional CLVI Aniversario de La Línea
20-07-26

Alcalde, corporación municipal, autoridades, vecinos de distintos
municipios de nuestra tierra, amigos, linenses y salvados.
Y digo salvados porque La Línea ha necesitado de salvación tantas
veces…que tantas veces le ha sido denegada, que nosotros
mismos la hemos ofrecido. A los feriantes sin ir más lejos que
acabaron por llamar así a nuestra Velada. Una velada que,
realmente, nunca ha necesitado de la palabra feria. Simplemente,
porque nunca tuvo origen ganadero. Una velada, realmente
divertida.
Y aquí estamos, en medio de la Salvaora, con resaca de
emociones del día de ayer tras la final del Mundial y agradeciendo
a los que han hecho posible que hoy, hable como linense y no
como periodista detrás de un micrófono. Gracias por la oportunidad
al que siempre pregunta de ser preguntado por su ciudad. La
ciudad que hoy cumple 156 años de su fundación, 156 años
cumplía en enero de su segregación del municipio de San Roque.
Y también me van a permitir que mire al pasado como marcan los
cánones pero siendo realista con mi trayectoria, mi experiencia y
mis vivencias. Para trasladarme a los patios de antaño, los
gobiernos anteriores, los logros y vicisitudes del pasado, no tendría
más que irme a los extraordinarios discursos que me han
precedido; a los historiadores y cronistas de nuestra tierra que
conocen al dedillo el camino recorrido para llegar hasta aquí pero,
me van a perdonar. En agosto cumpliré 30 años y no sería más que
un empape de historia, interesante y enriquecedora pero que poco
tendría que ver con lo que yo he vivido en mis carnes. Por eso, hoy
me permitirán que les hable de presente y de futuro. El que decía
mi tocayo Rubén García que quería para su hijo Miguel o el que
con cariño auguraba para esta ciudad el año pasado en este
mismo lugar mi compañero Francis Heredia. Ese futuro que, quizá,
haya empezado a escribirse ahora. O no.
La noche en la que cayó la verja, hace apenas días, conté
alrededor de 20 micrófonos; medios nacionales, internacionales;
forasteros que venían incluso sin saberse el nombre del alcalde de
la ciudad que más puede sufrir o beneficiarse de este hito.
Un hecho histórico. No hay duda. Un logro. No hay duda. Una
alternativa mejor al no acuerdo. No hay duda. Un momento de
oportunidades, o no. Lo cierto es que no lo sabemos. El destino del
amasijo de hierros que elevaron a varios metros del altura unos,
que simularon derribar otros, que han criticado duramente otros…
ese amasijo es simbólico. Para muchos, es el símbolo de echar la
vista atrás y pensar en el sonido del cerrojazo. El que mantuvo
separado a familias, el que seguro desgarró lágrimas,
incertidumbre, separó amores, hizo buscarse la vida a otros tantos
y dejó historias tan íntimas, que aprovecho para recomendarles el
libro de mi amiga María Jesús Corrales. Dejó tantas cosas, que
cualquier escenificación de derribo era poca. Faltaron quizá
algunos fuegos artificiales. Lo cierto es que escenificación hubo. Y
uno, que viene del teatro porque nunca olvida sus orígenes, echó
de menos, guion. El guion es lo que sustenta la puesta en escena,
el principio de todo, lo primero que se hace para poner en marcha
sobre el escenario aquello que se quiere contar.
Y fíjense si era importante ese guion que se ha tardado 10 años en
escribir. Porque no era fácil, porque había que ceder, pero ahí está.
Un guion que no puede más que agradecerse que esté en nuestras
manos en forma de Tratado.
Pero, ¿se imaginan si ese guion hubiese contado con la opinión de
los actores? Aquellos que en el escenario deben sentirse a gusto
con el personaje. Porque la gira puede durar años, porque estar en
un papel a disgusto puede provocar que los artistas se quemen, se
lamenten, dejen de dar lo mejor de sí y, en definitiva, dejen de ser
felices. Y pasa una cosa. Los de La Línea, eso de que intenten
arrebatarnos la felicidad ya lo tenemos aprendido.
Rubén, pensarán algunos, ya está bien de llorar. Siempre con la
misma historia. Pero es que la historia se repite. Tratando de
escribir este discurso, he encontrado decenas de manifestaciones
a lo largo de la historia que han llevado a los linenses a la
reivindicación. La asociación de trabajadores transfronterizos y su
labor, no nació ayer. No nació por gusto. El espíritu de superación
del linense no viene por gusto. Y además del amasijo de hierro que
con alegría despedíamos la pasada noche del martes, faltaron
algunos papeles. No muchos, un anexo al guion. De casi 1800
páginas a imprimir, había tinta para algunas más.
¿Se imaginan que junto a la verja más fotografiada de los últimos
días, hubiese aparecido en la foto un paquete de medidas para
hacer realidad eso de la prosperidad compartida? Un revulsivo para
un edificio mastodóntico como el antiguo hospital que se
desmorona después de ocho años y me llevó a publicar hasta fetos
humanos en su interior para que acabaran tapiándolo; un parque
de vivienda accesible para que la gente que pensaba que
matándose a trabajar iba a tener un jardincito y ahora con un piso
tiene que dar gracias a sus padres, al hermano y a la abuela que le
han ayudado; una solución fácilmente comprensible para nuestros
pensionistas que todavía hoy no tienen ni idea de qué va a pasar
con ellos. O nuestros pescadores. Un plan de empleo pero de los
que no se acaben a los pocos meses para que la lacra del
narcotráfico no sea una opción aunque los cerque la policía. Una
concienciación integral para que cuando a tu hijo se le siente al
lado un compañero lleno de oros tenga la valentía de repudiarlo y
no de quererlo y que acabe preguntándole a su padre que por qué
Kevin lo lleva su papá en un Porsche y a él lo llevan en el Seat
Ibiza que con tanto esfuerzo compraron.
Medidas para que cruzar la verja sea un gusto y no una obligación
para no acabar siendo empleado del papá de Kevin. Un cruce que
para el que cruza, le repatea escuchar el sinsentido del ‘Gibraltar
Español’ porque no puede más que pensar, que a ver dónde se
mete, si vuelve un 1969.
Medidas para no tener siquiera que ir ganarse el pan a los motores
económicos que un día sí que concedieron a nuestros vecinos de
San Roque, Los Barrios o Algeciras. Medidas para que la dignidad
no sea solo cuestión de tener que creérnoslo si no tener razones
para ello.
Esto no va de colores políticos. Primero, porque sin los de rojo
probablemente no habríamos tenido el guion, porque los de azul
podrían haber hecho algo más allá de la crítica, porque los de
naranja podrían haber echado a la calle más veces a su gente ante
la falta de medidas. Porque no es crítica para ninguno y puesta en
común para todos.
Porque el linense tenía los hierros muy vistos y los papeles muy
poco. Porque la zona contigua ya está harta de tener que esperar
para cruzar a su puesto de trabajo para el teatro. Porque todavía
estamos a tiempo. Porque todos los que estamos aquí sentados
queremos a esta tierra, porque antes que políticos, aquí hay buena
gente, aquí hay gente que quiere a esta tierra por encima de los
colores a los que representen. Y después de dar gracias por lo
conseguido, después de haber criticado todo lo criticable desde
más allá, sin tener ni idea de lo que pasa aquí, todavía podemos
hacer posible lo de la prosperidad compartida.
Pero lo siento linenses, va a tocar lo de siempre. Lo que viví yo
durante 4 años cuando cogía el Blablacar desde Málaga a La Línea
para venir a currar cada fin de semana. O lo que viví en Madrid
durante más de un año. Sacar los dientes.
—¿Qué tal, chicos? ¿De dónde sois? —me decían en un cochecito
pequeño donde, normalmente, no olía demasiado bien.
—De Ayamonte.
—Yo, de Dos Hermanas.
—De Jerez.
—¿Y tú?
Y ahora decidme la verdad: ¿cuántas veces se os ha pasado por la
cabeza decir «de Cádiz»?
De Cádiz no, señores.
De La Línea.
Y entonces, a esperar:
—Uf… No veas, ¿no?
—Yo lo he visto algunas veces en la tele y… tela.
Incluso:
—Qué miedo, ¿no?
Pues a partir de ahí ya se pueden imaginar lo que hacemos los
linenses.
Toca, primero, respirar. Respirar, contar hasta tres y sonreír, porque
la vergüenza no es nuestra.
—Pues mira, miedo ninguno. Respeto, todo. Lo que hay en La
Línea es mar por dos lados, una Roca al frente, Levante cuando se
pone pesado, Poniente cuando nos regala atardeceres y una gente
que suele ofrecerte una silla antes de preguntarte de dónde vienes.
Y, a partir de ahí, uno se convierte durante el trayecto en guía
turístico, historiador, abogado defensor, gabinete de prensa y, si
hace falta, hasta psicólogo del que preguntó. En diez minutos le
hablamos de la Atunara, de la calle Real, de la Balona, de los
volaores, del pulpo asado, del Domingo Rociero y de una ciudad en
la que el problema nunca ha sido que falte vida, sino que
demasiadas veces han faltado oportunidades.
Y al final suele llegar la frase:
—Pues yo no sabía todo eso.
Normal.
Si casi nunca lo cuentan.
Porque La Línea no es únicamente lo que aparece cuando suenan
las sirenas, sino todo lo que continúa funcionando cuando las
cámaras se marchan.
No es el plano corto de una persecución, sino el plano general de
una ciudad entera levantándose temprano. No es un titular: es la
letra pequeña de miles de vidas honradas.
Tal vez por eso convenga empezar por el principio, pero no por un
principio lleno de fechas y apellidos, sino por una imagen.
Antes de ser ciudad fuimos una línea dibujada para separar, una
fortificación, una contravalación, una frontera militar. Y junto a
aquella construcción pensada para la guerra, la gente hizo lo más
revolucionario que se puede hacer al lado de un muro: vivir.
Donde otros pusieron piedra, levantamos hogares; donde otros
vieron arena, trazamos calles; donde el mapa parecía terminar,
nosotros empezamos.
Aquella primera muralla acabó cayendo cuando cambiaron las
alianzas y la historia dio una de sus vueltas. Más de dos siglos
después, también ha caído el hierro que todos hemos visto desde
niños. Cambian las piedras, cambian los hierros y cambian quienes
se hacen la fotografía delante de ellos.
La gente permanece.
Y quizá esa sea la biografía más exacta de La Línea: todo lo que
pretendió separarnos terminó cayendo y todo lo que nos sostuvo
llevaba nombre y apellidos.
El 17 de enero de 1870, aquellos vecinos consiguieron la
segregación de San Roque. El 20 de julio, la primera corporación
municipal echó a andar. Tenemos, por tanto, hasta dos maneras de
celebrar que decidimos ser nosotros mismos: una fecha nos dio
término municipal y la otra nos dio voz propia.
Pero el carácter no nos lo concedió ningún decreto.
Ese ya venía puesto de casa.
Éramos poco más de trescientos vecinos, un puñado de calles,
algunos cuarteles, una aduana, un cementerio, mucho mar y
mucha arena. Nos dieron poco suelo y respondimos con mucho
horizonte; nos llamaron Línea y acabamos siendo punto de
encuentro; nos hicieron pequeños en el mapa y nos empeñamos
en ser inmensos en el sentimiento.
Y antes incluso de que el Ayuntamiento tuviera actas, la Atunara ya
tenía memoria. Allí el mar llevaba siglos enseñando una lección
que después aprendería toda la ciudad: hay que salir aunque la
noche esté oscura, aguantar el temporal y volver con el día.
Los pescadores pusieron el esfuerzo y las mujeres remendaron
redes, casas, cuentas y ausencias. Entre todos hicieron del salitre
una forma de dignidad.
No teníamos campos para una feria de ganado, pero teníamos
ganas de encontrarnos. Por eso, apenas unos años después de
nacer, inventamos nuestra Velada. Hay pueblos que celebran
porque prosperan; nosotros, muchas veces, hemos prosperado
porque celebramos, porque salir a la calle, compartir una mesa,
abrir una casa y bailar juntos también ha sido una manera de
resistir.
Antes de llamarla Salvaora, ya nos estaba salvando.
Fueron apareciendo la Inmaculada, la Comandancia, la plaza de
toros, el mercado, los patios, los huertos y las calles rectas de una
ciudad que crecía deprisa. Hasta la Balona nació antes de que
oficialmente nos concedieran el título de ciudad.
Primero llegó el sentimiento y después el papel.
Muy de La Línea también eso.
Durante demasiado tiempo no tuvimos universidad, pero
exportamos pintores, compositores, cantaores, humoristas,
deportistas, profesores y trabajadores que han dejado huella por
medio mundo. Talento sin campus, maestros sin despacho y gente
que aprendió en la calle cosas que todavía no aparecen en los
libros.
Porque una ciudad no se mide solo por lo que construye, sino
también por a quién recoge cuando todo se hunde. En 1891,
cuando el vapor Utopía se fue a pique con centenares de
emigrantes italianos a bordo, aquella población joven, que tampoco
tenía demasiado, se movilizó para acoger, cuidar y dar sepultura
digna a quienes no conocía.
La Línea apenas estaba aprendiendo a ser municipio y ya sabía ser
humanidad.
La dignidad, aquí, nunca necesitó pasaporte.
También aprendimos pronto que los derechos rara vez bajan solos
desde un despacho. Hubo trabajadores que levantaron la voz y
páginas de nuestra historia que quedaron manchadas de dolor.
Vinieron una guerra, la pobreza, el hambre y hasta bombas
lanzadas en un conflicto que no era el nuestro. Demasiadas veces
hemos sido periferia en los mapas y centro exacto de las
consecuencias.
Y, aun así, hubo una Línea luminosa: la de los cines llenos, los
patios con las puertas abiertas, los comercios, los cabarets, el
Hotel Universal, el viejo San Bernardo, las barcas entrando al
amanecer y una calle Real que parecía no acabarse nunca.
Una ciudad joven que creció tanto y tan rápido que quienes la
vivieron todavía la cuentan con los ojos encendidos.
Hasta que alguien, desde un despacho, giró una llave.
En 1969 cerraron la Verja y, al cerrar una puerta, abrieron miles de
maletas. Lo que para algunos fue una decisión de Estado, aquí fue
una silla vacía en la mesa, un sueldo que desaparecía, un padre
marchándose a Londres, una madre estirando lo imposible, un
abuelo criando otra vez, un amor interrumpido y un recién nacido
enseñado desde lejos entre alambres.
Fue aprender a gritar para hablar con quien estaba a unos metros.
Fue tener a la familia cerca en el mapa y lejísimos en la vida.
Prometieron compensaciones. Algunas llegaron; otras se quedaron
en discursos, sellos, planes y fotografías. Y muchas de las
oportunidades que debían curar la herida acabaron instalándose a
varios kilómetros de la herida.
A La Línea le tocó sufrir la decisión.
A otros, administrar el remedio.
Pero la ciudad no se murió. No se murió porque hubo mujeres
capaces de convertir cuatro ingredientes en comida para ocho;
porque hubo hombres que aceptaron cualquier trabajo honrado allí
donde lo encontraron; porque hubo familias que se repartieron a
sus hijos por media Europa y siguieron diciendo «vamos a casa»
cuando volvían aquí; porque hubo comerciantes que levantaron la
persiana sin saber si entrarían clientes y vecinos que cuidaron del
vecino.
Ahora a eso le dicen resiliencia.
Aquí se llamaba tirar palante.
Cuando la Verja volvió a abrirse regresaron los abrazos. Se acabó
enseñar a los niños desde la distancia y hablar a gritos a través de
la alambrada. Pero abrir una puerta no devuelve los años perdidos,
no repone la juventud de quien emigró ni borra el miedo de quien
se quedó.
Las heridas históricas no se cierran con el mismo sonido con el que
se abre un candado.
Y llegamos a estos días.
El hierro, por fin, ha caído.
Bien caído está.
Que nadie confunda nuestra exigencia con falta de alegría. Nos
alegramos de que desaparezca una barrera que nunca debió
condicionar tantas vidas, de que dos poblaciones condenadas a
entenderse puedan hacerlo ahora con menos obstáculos y de que
los trabajadores puedan mirar al futuro con algo más de
tranquilidad.
Pero un tratado empieza cuando se firma.
La prosperidad empieza cuando se nota.
Y, ya que antes hablábamos de guiones, el tratado puede ser un
buen guion, incluso un guion histórico, pero el éxito de la obra
dependerá de cómo se represente y de si quienes llevan décadas
sobre el escenario pueden, por fin, vivir dignamente de ella.
En la función que ahora comienza, La Línea no puede limitarse a
poner el escenario, el público y buena parte de los trabajadores
mientras otros se reparten los papeles principales.
Esta vez tenemos que estar en el reparto, en la dirección y también
en la taquilla.
La prosperidad se nota en el empleo, en la vivienda, en el precio
del alquiler, en la formación, en la seguridad, en una empresa que
decide instalarse aquí, en un joven que puede quedarse y en una
familia que ya no depende de que cada mañana todo funcione bien
al otro lado.
Se nota en un antiguo hospital que deja de ser ruina y vuelve a ser
oportunidad, porque nadie come artículos ni paga una hipoteca con
titulares.
La prosperidad compartida tendrá que tener código postal y el
primer código postal que debe notarla es el que ha soportado
durante décadas el peso de la frontera.
Que el acuerdo no sea un punto final, sino un punto de partida.
Y que no vuelva a ocurrir que La Línea ponga el dolor mientras
otros se reparten el desarrollo.
Cooperar, sí; depender, no. Compartir, sí; renunciar, no. Ser buenos
vecinos, siempre.
Ser el patio trasero, nunca.
Y mientras todo eso se decide, se desarrolla y se lleva del papel a
la calle, esta ciudad no se ha quedado quieta. La Línea avanza; no
tanto como merece ni tan deprisa como necesita, pero avanza.
Se recuperan espacios, se renuevan parques, se transforman
instalaciones deportivas, se mejoran accesos, calles y
equipamientos y se vuelve la mirada hacia el Fuerte de Santa
Bárbara, levantado para la defensa y llamado ahora a servir para
comprender nuestra historia.
Hasta eso tiene algo de justicia poética: convertir un lugar de
conflicto en un lugar de memoria.
Durante demasiado tiempo estuvimos obligados a apagar fuegos.
Empezar a dibujar el mañana también es una forma de progreso.
Y decir esto no significa negar lo que falta. Amar a una ciudad no
consiste en aplaudirlo todo, sino en no permitir que nada se
abandone. Quien señala una acera rota no quiere menos a La
Línea: la quiere mejor. Quien exige vivienda, empleo, seguridad o
limpieza no está atacando a su pueblo, sino negándose a que se
conforme.
Podemos estar orgullosos y ser exigentes al mismo tiempo.
Es más: debemos.
Porque las obras cambian una calle, pero es la gente la que
cambia una ciudad.
¿Quién lleva a La Línea en volandas?
La lleva la mujer que abre su negocio cuando todavía están
baldeando la calle; el trabajador transfronterizo que cruza cada
mañana y vuelve cada tarde con el cansancio pegado a la camisa;
el pescador que sigue leyendo el mar como otros leen un contrato;
la limpiadora que deja preparado un colegio antes de que entren
los niños; el maestro que consigue que un alumno se crea capaz;
el sanitario que atiende sin preguntar de qué lado viene nadie y el
policía que conoce el barrio y también a sus familias.
La llevan los autónomos que sobreviven a facturas, temporadas
flojas y obras en la puerta; los camareros que hacen de una terraza
un lugar de encuentro; los taxistas que explican la ciudad mejor
que cualquier folleto; los periodistas que cuentan lo malo, como
deben, pero pelean también para que lo bueno encuentre un
hueco; los artistas que convierten nuestro acento en talento y los
deportistas que llevan el nombre de La Línea allí donde nunca
llegan los prejuicios.
La llevan los clubes, las asociaciones, las cofradías, las peñas,
quienes reparten comida, quienes acompañan a los mayores y
quienes tienden una mano a un joven antes de que sea tarde.
Y la llevan, sobre todo, tantas mujeres que han sostenido esta
ciudad sin aparecer en ninguna placa: madres, abuelas,
cuidadoras, trabajadoras, empresarias y vecinas que han hecho
economía con una libreta, asistencia social con una olla y
mediación familiar alrededor de una mesa camilla.
Mucho antes de que las instituciones hablaran de redes, ellas ya
habían tejido una.
También la llevan quienes llegaron de fuera y se quedaron, porque
aquí hay linenses de nacimiento y linenses de decisión. Gente que
vino llorando, como dice la frase, y que después lloró solo de
pensar en marcharse.
La Línea tiene ese extraño poder: te pide explicaciones al entrar y
termina dándote motivos para quedarte.
Por eso, cuando alguien pregunta cómo ha sobrevivido esta ciudad
a tanto, la respuesta no está en un ministerio ni en un tratado.
Está en sus calles.
Ahora bien, no convirtamos la resistencia en condena. Ser fuertes
no puede significar que siempre nos toque soportar más. La
valentía de los linenses no puede figurar como una partida de
ahorro en el presupuesto de ninguna administración.
Ya hemos demostrado bastante.
No queremos otra medalla por aguantar.
Queremos razones para vivir bien.
Yo les dije al principio que en agosto cumpliré treinta años y quizá
por eso no he venido a prestarles una nostalgia que no viví, sino a
hablarles de una esperanza que sí me corresponde.
Mi generación creció escuchando que para prosperar había que
marcharse. Nos fuimos a Málaga, a Sevilla, a Madrid, a Londres o
allí donde hubiera una oportunidad. Aprendimos a explicar La Línea
antes incluso de explicar quiénes éramos nosotros y nos
acostumbramos a responder preguntas, desmontar bromas y
defender en conversaciones de cinco minutos una ciudad que otros
llevaban años juzgando desde lejos.
Pero también aprendimos cosas fuera.
Y muchos volvimos.
Y otros quieren volver.
No para encerrarnos aquí, sino para abrir La Línea al mundo; no
para vivir del recuerdo, sino para convertir todo lo aprendido en una
herramienta.
Porque el éxito no puede medirse únicamente por la distancia a la
que uno consigue marcharse.
También debe medirse por la posibilidad de regresar.
Ojalá llegue un día en que, en otro BlaBlaCar, alguien vuelva a
preguntarme:
—¿Y tú de dónde eres?
—De La Línea.
Y no haya un silencio raro, ni un «uf», ni un «qué miedo». O quizá
sí haya una pregunta:
—¿La ciudad donde cayó la Verja?
Y podamos responder:
—No. La ciudad donde la gente nunca cayó.
La ciudad que convirtió una frontera en puente, el puente en
oportunidad y la oportunidad en futuro.
Hoy La Línea cumple 156 años. Es una ciudad joven con cicatrices
antiguas, una ciudad que no necesita borrar su pasado para
avanzar, sino recordarlo bien para no repetirlo.
Una ciudad que nació de una línea y se ha pasado la vida
demostrando que no tiene límites.
No hemos venido solo a soplar velas.
Hemos venido a encender luces: una para quienes se fueron, otra
para quienes se quedaron, otra para quienes vuelven y todas las
que hagan falta para quienes vendrán.
Que nadie nos regale el futuro, pero que nadie vuelva a
quitárnoslo. Que nadie nos pida silencio, pero que todos puedan
contar con nuestra mano. Que nadie confunda humildad con
resignación ni alegría con conformismo.
Y que nadie vuelva a hablar de La Línea sin escuchar antes a La
Línea.
Porque si la golpean, aguanta; si la olvidan, se nombra; si la
cercan, se ensancha; si la caricaturizan, se muestra.
Y si intentan callarla, canta.
De Levante a Poniente,
de la arena al corazón,
la levanta siempre su gente:
La Línea de la Concepción.
La Línea no pide caridad, pide igualdad; no pide compasión, pide
inversión; no pide privilegios, pide justicia. Y no pide permiso para
soñar.
Pide herramientas para trabajar.
Quizá por eso la Salvaora no sea solo el nombre cariñoso de
nuestra Velada.
Es casi nuestra biografía:
La Línea salvándose a sí misma una vez más, sin dejar de bailar.
Porque a esta ciudad no la salvará por sí solo un tratado, ni un
titular, ni una fotografía, ni un gobierno.
A La Línea la han salvado siempre los linenses.
Pero ya va siendo hora de que no tengan que salvarla solos.
Feliz 20 de julio.
Feliz 156 aniversario.
Y viva, hoy y siempre, La Línea de la Concepción.

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